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[No. 2] Las Prácticas de Andar y Apropiar la Calle en los Adolescentes PDF Imprimir E-Mail
escrito por Juan Carlos Hernández Rosete   
jueves, 15 de junio de 2006

Antropólogo social.
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ENSAYO 

 
Conocer la experiencia que determinado grupo tiene de la ciudad, como en este caso la de los adolescentes, implica considerar la realidad de ésta no sólo en su dimensión material, sino también desde la perspectiva del imaginario urbano que es el proceso mediante el cual sus habitantes la representan, la significan y otorgan sentido a partir de su experiencia de habitarla. Por su carácter multicultural, le experiencia de la ciudad es de acuerdo a las diferentes maneras como sus habitantes la viven, se la apropian y la utilizan. De esta forma, las diferentes experiencias de la ciudad guardan correlación con el uso diferenciado que sus habitantes hacen de ella y que son en correlación al rango de edad, el NSEC y la actividad de sus habitantes.

La antropología urbana plantea que la experiencia de la ciudad se conforma por el sentido de pertenencia a los lugares en donde se ha vivido, transitado, y donde se han establecido vínculos tanto en la interacción social formal como informal. Se conforma de los recuerdos que seleccionan parte de la vida que transcurrieron en determinado espacio, y con las expectativas y deseos con los que se construyen los desarraigos y los nuevos arraigos puesto que las historias personales se arraigan en el tiempo y en los lugares a los que se pertenece. En este sentido, cabe destacar que la experiencia de la ciudad se define en un proceso en el que los habitantes asignan significados a los diferentes espacios que habitan y transitan. De esta manera se puede hablar de una construcción simbólica del espacio en la que una característica importante son los significados que representan el sentido de pertenencia con el lugar.

La experiencia de la ciudad en cuanto al lugar, puede desagregarse en los siguientes niveles (la casa, el ámbito habitacional inmediato, la ciudad en su conjunto) cuya representatividad varía entre habitantes de diversas edades y niveles socioeconómicos.

En el adolescente por ejemplo, es común que la experiencia de la ciudad, su experiencia como sujetos urbanos, está mucho más vinculada al ámbito habitacional inmediato. Su conocimiento de la ciudad se limita a determinados lugares que han conocido en compañía de sus familiares, a su corta experiencia como transeúntes, y en algunos casos, a la experiencia de trasladarse en grupo a diferentes puntos de la ciudad (para ir a una fiesta, a un concierto, o a practicar algún deporte).

No obstante la situación de riesgo que se percibe en la Ciudad de México y que parecería que se sobredimensiona por el discurso de diversos medios, los jóvenes, los adolescentes particularmente, no interrumpen diferentes prácticas como las de andar la calle Y es que como señala Mayol, frente al conjunto de la ciudad, atiborrada de códigos que el usuario no domina pero que debe asimilar para poder vivir en ella, frente a una configuración de lugares impuestos por el urbanismo, frente a las desnivelaciones sociales intrínsecas al espacio urbano, el usuario consigue siempre crearse lugares de repliegue, itinerarios para su uso o su placer que son las marcas que ha sabido, por si mismo, imponer al espacio urbano.

Esta posibilidad es particularmente relevante en el caso de los adolescentes a los que, de acuerdo al momento de vida en que se encuentran,  difícilmente se les puede concebir al margen las prácticas de apropiación de distintos espacios fuera de la casa. Lo que se determina con estas prácticas de apropiación del espacio es un dominio del entorno social (de un lugar) que para ellos es una porción conocida del espacio urbano en la que, más o menos se saben reconocidos. Este reconocimiento se establece a partir del encuentro, de la interacción con su grupos de amigos, de signar con determinadas marcas (físicas o discursivamente) un lugar que se vuelve un referente importante de sus socialización.

No obstante los cambios que se reconocen en la experiencia de los adolescentes en los últimos años, cambios entre los que destacan un modo de ser y de relacionarse más individualista, todavía es común que para la mayoría de ellos, después de la socialización primaria en el ámbito privado y normativo de la casa y la escuela, la calle es el siguiente espacio importante de socialización donde experimentan lo electivo, su autonomía, y donde  encuentran referentes importantes para la conformación de su identidad.

La calle, los espacios cercanos al ámbito habitacional, adquieren mayor importancia para ellos de la que pudieran tener para otros vecinos para los que, en muchos casos, únicamente son espacios de tránsito. En este sentido, para los habitantes con diferentes perfiles que pueden habitar un barrio, los adolescentes pueden ser los que con mayor intensidad lo experimenten como esa porción del espacio público en general (anónimo para todo el mundo) donde se insinúa poco a poco para ellos un espacio privado particularizado debido al uso práctico y cotidiano que hacen de ese espacio.

Los objetivos de dicha apropiación pueden ser de diversa índole. Es característica la apropiación con algún objetivo de carácter lúdico como jugar “la cáscara”, andar en bici o patineta; o para la comunicación (verbal y no verbal) más informal que por lo regular no se permite al interior del ámbito familiar, y para la que espacio de la calle es como un intersticio en el que se pueden expresar albures, groserías, y una variedad de señas que en determinado momento se vuelven como un código cerrado al que sólo acceden los adolescentes que participan en determinada interacción.

En el espacio que se define al interior de su interacción, se narran también una serie de experiencias vividas en el ámbito familiar, las que se reconocen como satisfactores y las que se reconocen como carencias. Para muchos ese espacio es el lugar donde se tienen las primeras experiencias de cortejo, de relación amorosa. Para otros, la permisividad de dichos espacios se aprovecha en otras prácticas como el consumo de alcohol o alguna droga a partir de lo cual se establecen afinidades y distanciamientos.

Otro aspecto importante es que esos espacios (de la calle próxima al ámbito habitacional) son el ámbito privilegiado donde los adolescentes legitiman y apropian una variedad de accesorios y prácticas relacionados con la moda, estilos y marcas que circulan en distintos medios. Dicha apropiación, de determinado estilo de ropa, música o algunas marcas, le confieren al adolescente un conjunto de elementos significativos que le permiten también identificarse y adscribirse socialmente.

Con relación a las prácticas de andar la calle más allá del espacio cercano a la casa, la experiencia de la ciudad se va ampliando al mismo tiempo que van siendo más grandes…
“Yo me acuerdo que cuando era más chico, sólo salía al parque que está enfrente de mi casa, después ya me iba a la vuelta a jugar fútbol con mis amigos, ya cuando entré a la secundaria, ya nos íbamos a Chapultepec en bici, pero donde siempre nos juntábamos era en la esquina afuera de la tienda” (Adolescente, 18 años, NSEC C.).
Es así que la crítica sobre la experiencia de los habitantes en las ciudad contemporánea que habla de un confinamiento creciente de las relaciones sociales al ámbito de lo privado, de una forma de ser de los urbanitas que es cada vez más individualista, parecería ser ajena (por la generalización que hacen sobre las diferentes formas de experiencia), o que hace referencia a un tipo de habitantes inertes muy distintos a los adolescentes para los que apropiar la calle una práctica esencial correlativa a su experiencia.
 
 

¿COMO CITAR ESTE TEXTO?

Hernández Rosete, Juan Carlos (2004). Las Prácticas de Andar y Apropiar la Calle en los Adolescentes. Texto publicado en la Revista Comunicologí@: indicios y conjeturas, Publicación Electrónica del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, Primera Época, Número 2, Otoño 2004, disponible en: http://revistacomunicologia.org/index.php?option=com_content&task=view&id=70&Itemid=101

 
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