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[No. 1] La Radio Juvenil en el Área Metropolitana: En Busca de una Identidad PDF Imprimir E-Mail
escrito por Mtro. Lenin Martell Gámez   

ENSAYO 

 
El presente ensayo discute la situación actual de la radio juvenil en el área metropolitana, desde una perspectiva histórico-analítica. La intención del escrito busca responder a preguntas sobre si existe una radio juvenil en México; si su identidad está fortalecida o aún busca una propia que responda a un proyecto de nación y logre ser ese medio que  contribuya a reconstruir la identidad de la juventud del país.

Al reflexionar sobre la identidad de la radio juvenil en el área metropolitana, vislumbré que no existe un género sólido de radio juvenil más allá de lo que los ratings nos indican. Me refiero a una radio juvenil que responda a las verdaderas necesidades de los jóvenes e integre éstas a un proyecto de nación. Hablo de una radio que abra el debate entre los jóvenes y que incite a la construcción de la opinión pública en este país. La respuesta a este análisis responde a que desde sus inicios, a principios de los años veinte, la radio creció a la medida de los intereses financieros de los dueños de las estaciones y de su alianza con el Estado mexicano, la cual soslayó a su audiencia: una juventud que paulatinamente llegaba al Distrito Federal en busca de una vida digna. Y según la historia reciente de la radio, esta relación, Estado-radio-jóvenes, no ha cambiado significativamente.

Pero el problema también parte que hasta la fecha, la visión que los radiodifusores en general tienen sobre los jóvenes oscila desde la creación de estereotipos de acuerdo a lo que el rating dicte hasta la toma de una postura que convenga al gobierno en turno. Comúnmente las declaraciones públicas hechas por ejecutivos de las emisoras revelan lo anterior. Justamente el 14 de octubre del 2003, Emilio Azcárraga Jean, dueño de Televisa, se refirió a la Libertad de expresión en el encuentro “Cumbre de negocios en Veracruz. Alianzas para el crecimiento", como “un concepto erróneo”(1) —concepto que tampoco definió durante su intervención. Mas de esta frase inferimos que, si la libertad de expresión (discurso inherente a la juventud) es una acotación errónea para el emporio televisivo, el término joven es un concepto distorsionado y vago que igualmente sus accionistas no han podido describir. O bien, lo definen de acuerdo a los dividendos que la libertad de expresión deje en sus bolsillos.  

Por otro lado, la idea que el Estado tiene sobre los jóvenes deja en abstracto su función como figura reguladora de las instituciones relacionadas con la juventud, una de ellas es la radio. Según el Instituto Mexicano de la Juventud, órgano regulador del Estado, creado el 6 de enero de 1999, “busca fungir como representante del Gobierno Federal en materia de juventud, entre otras instancias, ante organizaciones privadas, así como definir y aplicar una política nacional de juventud -para las y los habitantes entre 12 y 29 años de edad-, e incorporarlos plenamente al desarrollo del país, de manera enfática en cuanto a organización, salud, empleo y capacitación, prevención de adicciones…”(2).   

En otras palabras, si contrastamos la idea anterior con la realidad actual, inferimos que el gobierno no tiene una definición precisa de lo que es un joven ni tampoco una política nacional para los que el Estado llama habitantes entre 12 y 29 años de edad. De aquí una de las razones por las cuales el Estado dista de actuar como una figura rectora que regule los contenidos y formatos de la radio juvenil en México, y de aquí su desinterés en darle freno a un modelo de radio comercial que busca beneficiar a los radiodifusores a costa de los jóvenes.

Mientras tanto, la audiencia de la radio juvenil en México se dedica a reconstruir el concepto de juventud -su propio concepto- a través de los contenidos radiofónicos, incorporándolos a su vida cotidiana, destinada en gran parte a la edificación de una identidad individual y colectiva.  

Entre esta relación viciosa y desvinculación entre radiodifusores-Estado y sociedad ha involucionado la radio juvenil en México, cuyos comienzos datan a principios de los años veinte (3).  En aquellos años de experimentación radiofónica, la audiencia no estaba segmentada en un género juvenil; sin embargo, los jóvenes tomaron el medio para integrarse de inmediato a la vida de una ciudad que diariamente recibía inmigrantes de diferentes puntos de la república. Así los jóvenes aprendieron del box, del béisbol, de los toros, y se enteraron de los regímenes totalitarios que aquejaban en Europa, de la guerra civil española y posteriormente de la segunda guerra mundial. Asimismo, rieron y lloraron con el radio-teatro y romantizaron su vida con canciones rancheras y boleros.  

De tal modo, en aquel tiempo los locutores, escribe Rosalía Winocur, “ganaron el reconocimiento no sólo por la correcta modulación de su voz, sino por su capacidad de recrear y traducir la realidad local y global, y también por actuar como profetas de la modernidad… El locutor, figura emblemática de la radio recuperaba y combinaba en su oficio las habilidades del juglar, los recursos histriónicos del teatro y la lagrima fácil del folletín. Algunos, más audaces que el resto, mostraron tempranamente las posibilidades de la ficción como estrategia para llamar la atención y del lenguaje para hablar de lo real” (4).  

Sin embargo, a pesar de los alcances de los actores que comenzaban a integrar la estructura radiofónica del país, el Estado se quedó al margen, fungiendo como gestionador de permisos y concesiones, lejos de intentar reglamentar contenidos y formatos de un medio que había llegado para quedarse. De esta forma, lo muestra la Ley de Comunicaciones Eléctricas impulsada en el régimen de Plutarco Elías Calles, la cual sólo normaba cuestiones técnicas de transmisión (5).  

Así resumimos la vida de la primera etapa de la radio en México, la cual culminó en la década de los cincuenta tras el arribo de la televisión, medio que inició una competencia con las ondas hertzianas y que por ende modificó la relación de la radio con la sociedad.  

A pesar de su aún extensa popularidad, las orquestas dejaron de tocar en la XEW, los discos empezaron a sonar en forma repetitiva y la creatividad de los locutores se perdió en la rutina. La era de la Radio sinfonola, la segunda etapa de la radio, arribaba a los hogares mexicanos.  

La música supera a los programas hablados, los cuales se centran en breves cápsulas noticiosas, radionovelas, deportes y algunos más que trataban “asuntos para la mujer” y el hogar. Sin embargo, la sociedad mexicana era una diferente a la de los años veinte, y los contenidos del medio sonoro no cumplían sus expectativas de desarrollo.  

El desempleo y la falta de oportunidades para los jóvenes se convirtió en el común denominador de sus vidas en la década de los sesenta. De tal modo, empezaron a buscar formas alternativas de expresión en la radio y una nueva forma de comunicarse. El rock fue una de ellas, y esta vez algunas estaciones, como Radio Educación, a través de programas como El lado oscuro de la luna, se convirtieron en el catalizador de esta necesidad expresiva. La coyuntura mundial en aquel momento, recordada como una época de represión para los jóvenes, favoreció a que en la radio se generara un encuentro de socialización y se promoviera la creación de los cafés cantantes, los cuales fueron desapareciendo a raíz del festival de Avándaro en 1971. No obstante, Radio Educación ayudó a la rehabilitación de esos lugares. Algunos locutores olvidaron incluso la vieja rutina de poner y quitar discos, y formularon estrategias para evitar la censura, como pasar canciones del español al inglés, o bien, optaron por realizar entrevistas atrevidas a cantantes rockeros. Algunos de ellos fueron despedidos.  

Estas emisoras abrieron los micrófonos al debate. “No sólo incorporaron un nuevo sujeto discursivo—los jóvenes—al que reconocieron con necesidades propias, sino que funcionaron como vasos comunicantes en una coyuntura histórica donde la represión desatada a partir de la masacre de Tlaltelolco y el festival de Avándaro habían reducido considerablemente los espacios abiertos y masivos de encuentro entre los jóvenes”(6).   

En este periodo, la radio navegó en contra corriente, pues la Ley Federal de Radio y Televisión, laxa y atrasada para la realidad social de aquel México, se promulgaba en 1960.

Así se cierra la segunda etapa, la cual gracias a los intentos de emisoras como Radio Educación, se convierte en la época dorada de la radio.

Como resultado de la masificación urbana y con ello de los problemas que ésta implica, el tercer periodo de la radio se regresa a la escena de la vida cotidiana, pues los ciudadanos, entre ellos los jóvenes, necesitan del medio como un lugar de encuentro para hacer frente a los problemas como empleo, sexualidad, identidad—respuestas que no encuentran en otras instituciones como en la escuela o en la familia. Asimismo, nacen multiplicidad de géneros musicales que se desplazan de lo ranchero, la balada y de cantantes como Rigo Tovar, y que hablan, entre otros temas, de los pesares de la juventud.

Por su parte, los empresarios, ante la imposibilidad de competir con el monopolio televisivo, liderado por la familia Azcárraga, fijan sus ojos en las concesiones radiofónicas, quienes ven en los programas hablados y estos nuevos tipos de música, una vía para abordar problemas cotidianos y también un método para engordar sus bolsillos.

En medio de este panorama surge en 1984, la estación Rock  101 (FM), una propuesta de imaginario cotidiano que revela la desesperación de los jóvenes. Rock 101 encuentra sustento en el contexto internacional, como las dictaduras que aquejan en Sudamérica o el movimiento Apartheid en Sudáfrica. De ahí que la emisora toca el Rock en español, cuyas canciones, varias de ellas provenientes de rockeros argentinos, se vuelven populares entre los jóvenes. Empero, cuando el voto democrático se reinstaura en Argentina, Uruguay, Chile y Paraguay, el rock pierde fuerza como discurso de protesta entre los jóvenes, y con ello el proyecto Rock 101 llega a su fin.     

Las secuelas del temblor de 1985 exhibieron aún más la falta de proyectos gubernamentales para los jóvenes, por lo que éstos utilizan a la radio como medio para crear redes sociales y buscar una identidad colectiva. En la Radio hablada, acaparada ampliamente por la banda AM, empiezan a pulular noticiarios que se convierten en mapas para orientar al tráfico, guías de entretenimiento para lidiar con funcionarios de medio rango, o bien, catálogos para poner orden y clasificar la ciudad (7).  Los informativos, entonces, se vuelven necesarios para los jóvenes, pues éstos buscan en la radio respuestas que vayan más allá del entretenimiento.

Esta coyuntura es aprovechada por los radiodifusores, quienes se apoyan en la improvisación de contenidos. En este proceso la radio se vuelve la esclava del rating, medidor que respalda la validez de las ideas de los productores ante los anunciantes. Salvo unas excepciones, el refrito, el sentido común y la obviedad caracteriza el discurso cotidiano de los programas hablados. De tal forma, los años noventa le dan la bienvenida a programas en donde los conductores se burlan de los escuchas—jóvenes quienes conforman a una sociedad ávida de un guía. La radionovela ya no es necesaria, porque el mismo escucha que cuenta sus pesares relacionados con el divorcio, la infidelidad, sexualidad, desde el otro lado de la bocina, es el protagonista de la historia. Es una radio que ya no se dirige a los jóvenes sino que habla como ellos e intimida con el público (8).

En este andar de la Radio hablada la audiencia se diversifica pero no los formatos ni contenidos, situación que no coadyuva al fortalecimiento de la identidad de una radio juvenil, simplemente se escuchan encuentros momentáneos cuyo denominador común es la complicidad al saber que el otro también vive el mismo problema. Pero no todos los jóvenes han coincidido en esta radio, pues varios de ellos han optado por crear sus propias emisoras, las cuales actualmente suman más de 50 (9),  y que por ende representan una amenaza para la frecuencia comercial (10).  

Ante estas circunstancias la radio juvenil recibió el nuevo siglo, género que transita a la par del milenio hacia una radio que algunos críticos mexicanos, como Javier Esteinou, la han llamado Radio de lavadero, misma que mayoritariamente se ha conformado en la banda FM (11).

Sin embargo, dado que este formato radial no ha encontrado fondo, es necesario hacerla virar, pues si el Estado no es capaz de regular los medios, si a los concesionarios les interesa hacerse ricos, quiere decir que la solución va más allá de los de la normatividad jurídica o de intereses personales, porque como lo apunta Fátima Fernández Christlieb, la normatividad sólo rige la vida social y no las conciencias. “Cada quien acepta, en el fondo de su ser, la autoridad que le parece, y carga con la responsabilidad que le conviene” (12).  

Parte de esta corresponsabilidad se encuentra en quienes gestamos operativamente la radio: productores, periodistas, conductores, profesores. Pues nosotros somos los que debemos inculcar en el trabajo cotidiano una ética de la radio que no espere una reglamentación. Entonces, a la sociedad, y no sólo al gobierno y concesionarios, se le debe considerar corresponsable en el proceso mediático. En otras palabras, es tiempo de darle carpetazo a una relación involutiva y viciosa producto del paternalismo del sistema político mexicano.  

Sólo así, considero desde esta trinchera, podremos lograr una radio juvenil que se integre a un proyecto de nación, el cual el propio Estado Mexicano no sabe con exactitud por dónde anda.

NOTAS 

(1)La Jornada en Internet, 15 de octubre del 2003: www.lajornada.unam.mx 

(2)Tomado de la página del Instituto Mexicano de la Juventud: www.imjuventud.gob.mx 

(3)Rebeil Corella, María Antonieta, et al, Perfiles del cuadrante, experiencias de la radio, “Del corazón del cuadrante nacional: la radio comercial de la ciudad de México” (Alva de la Selva, Alma Rosa), Trillas, 3ª. Reimp., 2000, p. 38. 

(4)Winocur, Rosalía, Ciudadanos mediáticos, la construcción de lo público en la radio, Gedisa, Barcelona, 2002, 209 pp.  

(5)Cfr. Rebeil Corella, Ma. Antonieta, op cit, p. 36  

(6)Winocur, Rosalía, op cit, p. 67
 

(7)Ibídem, p. 74 

(8)Cfr. Ibídem, p. 76 

(9)Aunque el número no se conoce con exactitud, la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC) reporta más de 50 estaciones que operan sin permiso.

(10)En octubre del 2003, la estación alternativa, “La Voladora”, de Amecameca, fue allanada por las autoridades locales, hecho que se atribuye a la presión ejercida por los radiodifusores comerciales (Cuarto Foro de la Radio, AMCIR, Universidad Simón Bolívar, 17 de octubre del 2003).   

(11)Según estadísticas publicadas por la Asociación de Radiodifusores del Valle de México (ARVM) en el 2000, el 60 por ciento de radioescuchas de la banda FM está conformado por jóvenes.  

(12)Fernández Christlieb, La responsabilidad de los medios de comunicación, Piados, México, 2002, p. 176 


¿CÓMO CITAR ESTE TEXTO?

MARELL, Lenin (2004). La Radio Juvenil en el Área Metropolitana: En Busca de una Identidad.Texto publicado en la Revista Comunicologí@: indicios y conjeturas, Publicación Electrónica del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México,Primera Época, Número 1, Primavera 2004,  disponible en: http://revistacomunicologia.org/index.php?option=com_content&task=view&id=29&Itemid=79 

 
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