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[No. 5] Comunicación, Cultura y Educación: ¿Campos Traslapados? PDF Imprimir E-Mail
escrito por Roberto Follari   
miércoles, 22 de noviembre de 2006

ENSAYO

Las llamadas Ciencias de la Comunicación conllevan una corta travesía dentro de las ciencias sociales, apenas medio siglo de constitución; las Ciencias de la Educación hace un período parecido que comenzaron a recibir ese nombre, pero tienen, bajo la denominación inicial de Pedagogía, una prosapia que se remonta a la civilización griega (y probablemente a otras menos ligadas a Europa, como la egipcia o la china), anterior incluso a la era cristiana. Es decir, sus lapsos de existencia son exactamente opuestos.

También es muy diferente la suerte de los respectivos profesionales que abrevan en cada una de ellas, al menos en la Argentina: hace unos años, un informe de la Secretaría de Políticas Universitarias informaba que la carrera que producía un más alto porcentaje de desocupados, era Comunicación social (19% de sus egresados); mientras Educación, promovía exactamente un resultado contrario (2% de desocupados). De tal manera, ambas áreas parecerían correr suertes absolutamente diversas.

Sin embargo, habrá que tener en cuenta que –en cuanto a la segunda cuestión- la situación es menos rotunda de lo que muestran los porcentajes. Si se hablara de números brutos, probablemente la cifra de ocupados sería mayor en Comunicación que en Educación, dado que la cantidad de ingresantes en Comunicación ha sido abrumadoramente mayor en la década de los noventas (fue la carrera con más alumnos entre todas las de Ciencias sociales, excepto si se considerara al Derecho dentro de éstas). De tal modo, hay muchos egresados desocupados, porque simplemente hay muchísimos egresados. A su vez, quienes terminaban Ciencias de la Educación por esos años, se vieron beneficiados –valga la paradoja, respecto a una Ley muy polémica y de resultados problemáticos- por la aplicación de la Ley Federal de Educación, que requirió especialistas en lo educativo para ser efectivamente implantada, junto a la Reforma más general en que dicha ley se incluyó.

De cualquier modo, puede advertirse suertes diversas para estas dos especialidades. Sin embargo, desde el punto de vista de la Epistemología resulta evidente la homología entre los dos campos disciplinares. Ambos son espacios “aplicados”, es decir, profesiones que se volvieron –o intentan convertirse en- ciencias. Esto se da a diferencia de las básicas (caso Sociología o Ciencia Política), donde se trata de ciencias definidas desde lo académico, que han luego dado lugar a profesiones, por cierto que no muy fuertemente tipificadas.

Es notoria la debilidad profesional de aquellos espacios que en realidad son campos científicos, donde la profesión respectiva no es otra cosa que la enseñanza o investigación de dicha ciencia (el caso de la Física es muy claro; un ingeniero consigue trabajo mucho más fácilmente que un licenciado en Física). Allí, la institucionalización social de la ciencia hacia la constitución de la profesión, muestra dificultades de definición.

Pero en el caso de Comunicación, Educación y disciplinas similares (Trabajo social, e incluso si se quiere las ingenierías mismas) la situación es igualmente problemática, pero inversa en su direccionalidad: está clara la profesión, pero desde ella se organiza un campo que quiere ser científico, determinado por el cúmulo de conocimientos que resulta necesario para el ejercicio de dicha profesión, de dicha acción práctica.

Esto explica la diferencia de definición entre, por ej., Sociología y Comunicación desde el punto de vista epistemológico, y también parte del muy disímil status relativo de cada uno de estos dos campos en el concierto general de las ciencias. Lo cual no obsta para que, en cambio, a nivel de las profesiones, la situación sea muy diferente; y a menudo los comunicólogos –menos aceptados en lo epistémico- sean ampliamente preferidos a los sociólogos.

Lo cierto es que la constitución del objeto en Comunicación y en Educación no proviene de un campo de problemática teóricamente definido -lo necesario para la estipulación de un objeto científico, en términos bachelardianos- , sino de una práctica profesional que requiere insumos conceptuales para realizarse (y legitimarse).

De tal modo, no estamos en estos casos ante la constitución de un “objeto teórico” inicial, sino de un “objeto real”: lo recortado es un conjunto de hechos ligados a prácticas, de modo tal que no constituye tanto una perspectiva específica, como un cierto sector de la realidad empírica.

Siendo así, no resulta difícil entender el por qué de la constitución de estas disciplinas a partir de otras: los “hechos” atendidos por Cs. de la Educación o por Cs. de la Comunicación, pueden –y exigen- ser leídos desde diversos campos disciplinares preconstituidos. De tal modo, al margen de la a veces estéril discusión sobre dónde reside la especificidad de estas disciplinas (pensada idealísticamente como “autonomía”), lo cierto es que requieren constitutivamente de la referencia a Sociología, Economía, Teoría Política o Antropología.
Lo cual, por cierto, no implica ninguna cuestión inmanente de valoración respecto a si estas disciplinas son “mejores”, “peores” o “iguales” que las otras. La mezcla de la valoración a la hora de la especificación epistemológica ha dado desastrosos resultados, como aquel por el cual algunos han creído que hablar de “Pedagogía” y no de “Cs. de la Educación” es una manera de blindar el campo, e impedir que puedan desempeñarse con legitimidad en él todos los que no sean “pedagogos” titulados como tales .

En este singular sentido que venimos desarrollando, estos dos espacios científicos tan diferenciados son parientes entre sí, y ambos corren suertes parecidas. Sin embargo, este parentesco no nos debiera ocultar las mutuas diferencias.

No en vano la teoría de la Educación ha recorrido varios siglos, en comparación con un espacio joven como es el de la Comunicación. Para la primera, es notorio que no cualquier acto en que exista lo educativo es propio de la disciplina; en cambio, en Comunicación todavía no se ha deslindado -como para que esté claro- que no todo acto que incluya alguna dimensión comunicativa será objeto de las Cs. de la Comunicación.

Para ejemplificarlo: la mamá enseña al niño, pero éste no es un tema de las Cs. de la Educación. Todos tenemos aprendizajes espontáneos en la calle cada día, pero ello tampoco forma parte del objeto de la disciplina. No se trata de tomar en cuenta toda situación educativa en general, sino aquella que socialmente se ha hecho formalizada y sistemática: la educación dentro del “sistema educativo” (aún cuando se llame informal), o referida de alguna manera a éste.

En cambio, en Comunicación algunos de sus mentores, pretenden que sugerir un recorte del objeto sería “disminuir su espacio”, y encasillarlos en problemáticas específicas a las que no quieren limitarse (tal el caso de los medios masivos). De tal manera, ligando comunicación a significación, y advirtiendo que todo hecho o cosa está culturalmente provisto de significado/s, llegan a la conclusión de que todo puede ser objeto de la teoría comunicativa. Una pared, un árbol, un mensaje amoroso interpersonal, no dejan –para tal omniabarcativa postura- de ser objeto indisputable de las Cs. de la Comunicación.

Como el que mucho abarca poco aprieta, tal apertura indiscriminada no puede redundar sino en confusión y dispersión, tanto temática como teórica. La necesidad de un recorte de hechos que sean considerados “hechos comunicativos” resulta decisiva, so pena de que todos los hechos del mundo sean entendidos en una dimensión comunicativa que haría el estudio inabarcable, y no se llegaría sino a una metáfora del infinito, tal cual aquel curioso mapa de Borges que tenía la misma escala del mundo, y por ello resultaba coextensivo con éste.

La ya ultrautilizada travesía “de los medios a las mediaciones”  ha servido para que muchos de quienes se ocupan de Comunicación se lleven al extremo de creer que ya hay mucho dicho sobre la temática de lo mediático, y que hay que “superarla” hacia un indeterminado “más allá”.

Las confusiones al respecto son variadas y superpuestas: 1.No es cierto que hay demasiado estudio en torno de los medios: el trabajo empírico al respecto es escaso y no siempre riguroso; por ej., sería bueno establecer cuánto saben nuestros alumnos sobre legislación internacional en torno de medios, tal como las diferencias existentes entre A.Latina y la Comunidad Europea; 2.Que el objeto de análisis fueran los medios, no significa renunciar a analizar lo social, lo político o lo cultural; significa hacerlo en relación a hechos específicos para explicar, simplemente; 3.No hay ninguna “cuestión de dignidad” mayor en hablar en torno de temas estructurales, que hacerlo en torno de problemáticas acotadas; por el contrario, es requisito del discurso científico acotar el objeto. Es una torpeza creer que fijar objetos específicos de análisis pueda entenderse como “limitarse a lo concreto”, como si esto –frase ya por demás célebre- no fuera “síntesis de múltiples determinaciones” .

Personalmente advertimos que lo mediático no reúne todo lo estudiable en Comunicación (existe la Comunicación institucional, o puede trabajarse una correspondencia privada, si es que en algún sentido comporta interés público), pero sí es un punto privilegiado de análisis con decisiva importancia en la configuración de las significaciones de la época. El cual, por absurda paradoja, sólo muchos estudiantes de Comunicación parecen depreciar como si no fuera una cantera fundamental de análisis sociopolítico y cultural de nuestro tiempo.

Con esta mentalidad omniabarcativa es que hay quienes pueden creer que la educación es parte de la Comunicación (en todo acto educativo existen acciones comunicativas). De tal modo, la necesaria articulación entre ambos discursos –para establecer cómo funciona la comunicación en lo escolar- podría deslizarse hacia una inútil “disputa de límites” entre ambos campos.

En todo caso, también los muchos años de presencia de lo educativo, lo llevan a estar muy deslindado de lo cultural. A veces en exceso; en la Ley Federal de educación argentina no hubo el menor espacio para la reflexión sobre cultura, y no la hay tampoco en el esbozo inicial de modificación sobre esa ley planteado durante el gobierno de Kirchner (junio 2006). Pero en todo caso, no hay lugar a superposición ni traslapamiento de estos espacios temáticos. En cambio, los llamados estudios culturales han contribuido a identificar los estudios sobre comunicación con lisos y llanos estudios sobre cultura.

Con la siempre presente y nunca definida coartada de la interdisciplina, los “estudios culturales” se dicen no propios de disciplina específica alguna, lo cual les permite intervenir en muchas a la vez. Para ello, sin dudas han de decir algo pertinente a cada una de ellas; pero en ningún caso dicen todo lo que les es necesario, dado que no son trabajos propios de cada una de esas disciplinas por sí solas .

De modo que no habría problema si los estudios culturales se presentaran como un complemento de otros estudios en Comunicación. Pero cuando aparecen como si fueran ellos por sí mismos teoría de la comunicación, obstruyen el objeto específico de lo comunicacional sin asumirlo a fondo, a la vez que promueven una difusa antropología urbana del presente, que obviamente no es objeto propio de la Comunicación.

De tal modo se desplaza a la Economía Política de la Comunicación, así como a la Semiótica. Y además de quitar espacio a estas corrientes muy necesarias para el estudio de lo comunicativo (y lograrlo, entre otras cosas, por la mayor volatilidad del objeto en los estudios culturales, y la menor precisión de su metodología y su asentamiento conceptual), los estudios culturales confunden lo cultural con lo social en su conjunto. Con lo cual, la dimensión sociológica brilla por ausencia, lo político queda difuminado en imaginarios e identidades, y la crítica ideológica desaparece, en cuanto se escamotea la problemática estructural del poder.

En nuestra Latinoamérica golpeada por los años de neoliberalismo, y en búsqueda de su autorrecuperación por vía de las nuevas condiciones políticas en los albores del siglo XXI, necesitamos estudios suficientemente precisos sobre comunicación, sobre educación y sobre cultura. Todo está por hacerse, y muchos libretos se han agotado. De tal manera, bienvenidas sean las interrelaciones entre estos campos, siempre que partan de su previa y mutua diferenciación y deslinde. Sólo pueden relacionarse productivamente entre sí cosas previamente estatuidas en su diferencia. Del traslapamiento y la superposición –en cambio- sólo cabe esperar la confusión y la frustración.-



¿CÓMO CITAR ESTE TEXTO?

Follari, Roberto (2006). Comunicación, Cultura y Educación: ¿Campos Traslapados?. Texto publicado en la Revista Comunicologí@: indicios y conjeturas, Publicación Electrónica del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, Primera Época, Número 5, Otoño 2006 disponible en:  http://revistacomunicologia.org/index.php?option=com_content&task=view&id=130&Itemid=89
 
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